El consumo de antibióticos, fundamental para el tratamiento de infecciones, genera alteraciones en la composición y función de la microbiota intestinal que pueden derivar en disbiosis. Investigaciones recientes publicadas en revistas como Nature Medicine constatan que moléculas como la clindamicina, las fluoroquinolonas y la flucloxacilina dejan un rastro prolongado en el microbioma. Según la Dra. Rosaura Leis, catedrática de Pediatría de la Universidad de Santiago de Compostela y presidenta de la Sociedad Española de Microbiota, Probióticos y Prebióticos (SEMiPyP), existen ya más de 300 patologías asociadas al desequilibrio de este ecosistema.
Aunque la microbiota en adultos sanos tiende a recuperar su funcionalidad de forma espontánea en pocas semanas, la restauración no siempre es idéntica a la situación basal. En el ámbito de la modulación terapéutica, estudios de la Universidad de Chicago apuntan a que una dieta rica en fibras vegetales variadas y carbohidratos complejos resulta más eficaz para restablecer la diversidad microbiana que el trasplante fecal. Alimentos que actúan como prebióticos naturales o ciertos fermentados con microorganismos vivos viables facilitan el crecimiento de las familias bacterianas beneficiosas sin necesidad de recurrir de forma sistemática a la suplementación externa.
Respecto al uso tradicional de probióticos post-antibioterapia, la comunidad científica insta a evitar las generalizaciones. Ensayos clínicos en los que ha participado el Cima Universidad de Navarra sugieren que el uso de fórmulas genéricas puede incluso ralentizar la recuperación de la microbiota original. No obstante, el último documento de consenso elaborado por Semergen y la SEFAC defiende que el beneficio clínico real radica en la especificidad de la cepa. Cepas concretas y debidamente identificadas, como Lactobacillus rhamnosus GG o Saccharomyces boulardii CNCM I-745, han demostrado eficacia reduciendo la incidencia de la diarrea asociada a antibióticos al actuar como facilitadoras temporales del ecosistema.