Revista Farmabiotec Número 25

#25 farmaBIOTEC 39 científico de estas tecnologías, pero también entender que su impacto real depende de cómo resolvemos cues- tiones muy concretas: evidencia clínica, control de cali- dad, fabricación, regulación, acceso y seguimiento a largo plazo. Su potencial, por sí solo, no se traduce en beneficio clínico. Lo que realmente cambia la vida de los pacientes es una innovación capaz de convertirse en una práctica clínica segura, reproducible y accesible. Hablamos de un campo en el que el desarrollo no avanza en línea recta. Ciencia, CMC, fabricación, regula- ción, red asistencial y acceso no son fases sucesivas que puedan resolverse por separado, sino piezas interdepen- dientes que deben diseñarse casi en paralelo. Por eso la fabricación no es una fase que llega después del desarrollo: forma parte del desarrollo desde el prin- cipio. La potencia, la identidad, la pureza, la viabilidad, la estabilidad o la seguridad no son variables accesorias; son atributos críticos que condicionan la viabilidad del producto. En este entorno, el proceso es parte del pro- ducto. Y eso obliga a integrar desde etapas muy tempra - nas la lógica científica con la lógica industrial, regulatoria y clínica. Además, el producto no se define únicamente por su composición final, sino también por la forma en que se obtiene. En este ámbito, variables como el material de partida, la calidad biológica de las células, las condicio- nes de cultivo, la activación, la expansión, la modificación genética, la criopreservación o incluso el transporte pue- den influir directamente en las propiedades funcionales del producto final. Eso significa que cambios aparentemente menores en el proceso pueden alterar atributos críticos como la identidad, la potencia, la pureza, la viabilidad o la reproducibilidad. De ahí que no baste con una hipótesis científica sólida: hay que demostrar que el proceso es capaz de generar un producto consistente a lo largo del desarrollo, del escalado y, cuando aplica, entre distintos centros de fabricación. ¿Y qué ocurre cuando llega el momento de indus - trializar? Ahí aparece otro de los grandes desafíos. Industrializar terapias avanzadas no es simplemente aumentar volumen. Es escalar sin perder aquello que hace valioso al producto. Y ese, probablemente, es uno de los puntos donde más se decide si una tecnología va a quedarse en una excelente prueba de concepto o va a convertirse en una realidad asistencial. En terapias celulares y génicas hablamos de instalacio- nes especializadas, personal muy cualificado, sistemas de trazabilidad y control extremadamente exigentes y una logística mucho más delicada que la de muchos medica- mentos convencionales. En terapias autólogas, además, la complejidad se multiplica porque cada lote puede equi - valer a un paciente. En las alogénicas, el reto se desplaza más hacia la consistencia a gran escala, la logística y la robustez del suministro. El verdadero salto no es solo pasar del laboratorio a la planta. Es conseguir que el paso del desarrollo a la atención sanitaria sea una transición controlada, fiable y sostenible. Por otra parte, también debemos hablar de regulación. En el caso de España se ha avanzado mucho, pero todavía queda camino. Y creo que el equilibrio correcto no está en rebajar exigencia, sino en adaptar mejor los marcos a la naturaleza de estas tecnologías. Las terapias avanzadas requieren una evaluación rigu- rosa porque intervienen en procesos biológicos complejos Terapias avanzadas

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