Revista Farmabiotec Número 23
42 farmaBIOTEC #23 imprimir un material y controlar con precisión cómo se depo - sita capa a capa, lo es aún más cuando ese material contiene células vivas. En ese caso no basta con ajustar la reología, la temperatura, la velocidad o la resolución, sino que tam - bién hay que asegurar que el proceso no se convierta en un estrés mecánico que dañe a las células, que la formulación no sea tóxica y que el constructo mantenga su forma una vez impreso. Además, cualquier pequeño cambio de lote, de humedad o de tiempo de manipulación puede alterar el resul - tado, lo que obliga a pensar en protocolos, controles y crite- rios de calidad mucho más estrictos que en una impresión convencional. Todo ello tiene un peso directo en el futuro de la tecnología y en su posible incorporación al sistema sanita - rio: control del proceso, reproducibilidad, escalabilidad, este - rilidad, validación de materiales y equipos, y la necesidad de garantizar que lo que se fabrica hoy es equivalente a lo que se fabricará mañana. Retos que pueden parecer menores frente a los de la ingeniería tisular, pero que son indispensa - bles para su traslación a la clínica. Cuando estos dos mundos confluyen, las disonancias no se suman, sino que se multiplican. No se trata solo de impri - mir una forma concreta, como un cuerpo entero al estilo de El quinto elemento , sino de crear un entorno en el que las células “entiendan” qué tienen que hacer. Y aquí los biomate - riales son la herramienta clave: son el puente entre el mundo de la fabricación y el mundo de la biología. Un buen bioma - terial debe hablar el lenguaje de la célula, ya que su química y su consistencia pueden favorecer que se adhiera, que se mueva, que madure o que adopte un comportamiento deter - minado. Al mismo tiempo, ese mismo material debe ser lo suficientemente predecible y repetible para que el proceso pueda reproducirse siempre igual, con la misma calidad, un requisito imprescindible si algún día se quiere llegar a la clí - nica, que como ya hemos dicho es el objetivo de estas nue - vas terapias o terapias avanzadas. Es evidente que, al dedicarme a los biomateriales, barro un poco para casa, pero lo cierto es que resulta igual de importante la tecnología de impresión, el comportamiento y el cuidado de las células y muchos otros factores. Todo ello conduce a una conclusión clara: la bioimpresión no puede avanzar desde una única disciplina. Para reducir estas diso - nancias y acercarse a un horizonte en el que las terapias basadas en bioimpresión sean una realidad, se necesitan equipos verdaderamente multidisciplinares: biólogos celu - lares que comprendan la respuesta de las células, científi - cos de biomateriales que diseñen entornos “instructivos” y a la vez repetibles, ingenieros que aseguren el control y la robustez del proceso, y clínicos que definan qué tiene sen - tido, cómo se valida y qué necesidades son reales en cada indicación. Este horizonte, como ocurre con cualquier objetivo ambi - cioso en ciencia, rara vez se alcanza en solitario. Requiere infraestructuras, estándares compartidos y una capacidad de validación que a menudo solo se logra mediante grandes consorcios, primero a escala nacional, después europea y, en algunos casos, mundial. No es casual que en los últimos años una parte creciente de la financiación pública se haya orientado precisamente a crear estas redes colaborativas. A escala europea, programas como Horizon Europe o las ayu - das Synergy del Consejo Europeo de Investigación promue - ven proyectos de gran envergadura, con equipos diversos y objetivos ambiciosos, donde la colaboración entre discipli - nas e instituciones es un requisito explícito. A escala esta - tal, las iniciativas orientadas a la medicina personalizada, las terapias avanzadas o la innovación en salud siguen una lógica similar, fomentando consorcios que integran centros de investigación, hospitales e industria, y que priorizan la coordinación y el impacto real por encima del trabajo ais - lado. Es precisamente en este contexto, con mayor coordi - nación, más financiación orientada a redes y una visión cada vez más realista, donde la bioimpresión resulta prometedora. No porque mañana vayamos a imprimir órganos comple - tos, sino porque el campo está aprendiendo a poner el foco donde corresponde y a construir los puentes que antes falta - ban entre laboratorio, hospital e industria. Si me quedo con una idea, es esta: la bioimpresión no es ciencia ficción, sino una forma nueva de afrontar problemas antiguos con más herramientas y más gente sentada a la mesa. Puede que algún día llegue a todos los hospitales bajo el nombre de Terapia Avanzada, marco sobre el que la terapia tisular está llegando a coger forma, marco y contexto para poder marcar el camino hacia la clínica. Todavía recuerdo aquellos capítulos de Star Trek en los que los médicos imprimían piel directamente sobre la herida de un paciente, de manera casi instantánea. Puede que no lleguemos a ese escenario tal y como lo mostraba la televisión, pero si seguimos sumando rigor, colabora - ción y paciencia, lo que sí podemos conseguir marcar este camino para la bioimpresión y las terapias avanzadas lejos de tantas disonancias. Terapias avanzadas La bioimpresión no es ciencia ficción, sino una forma nueva de afrontar problemas antiguos con más herramientas y más gente sentada a la mesa.
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